viernes, 31 de julio de 2026

Laura: Cuando me lo quito todo Parte XI

 Seguí jadeando, todavía enterrado hasta el fondo dentro de ella. Mi verga seguía latiendo mientras terminaba de vaciarme. El placer era tan intenso que casi me doblaban las rodillas. Después de semanas sin sentir nada parecido, el orgasmo me había dejado temblando.


Laura estaba debajo de mí, con los ojos abiertos de horror y la respiración agitada. Su cuerpo de milf temblaba. Sentía mi semen caliente saliéndole por los muslos.


—Sácame… sácame de aquí… —suplicó con voz rota—. Por favor, Roberto… no puedo volver a esto…


Me incorporé un poco, sin salir de ella. La miré desde arriba, todavía con las manos apoyadas a cada lado de su cabeza. Mi cuerpo joven y fuerte contrastaba con el de ella: senos grandes, caderas anchas, piel más madura.


—¿No puedes volver a esto? —repetí con ironía—. Tú me metiste a la fuerza en este cuerpo de vieja. Me obligaste a prostituirme. Me dejaste sin nada. Y ahora lloras porque estás de vuelta donde siempre debiste estar.


Ella intentó empujarme, pero su fuerza ahora era mucho menor. Logré sujetarle las muñecas con una sola mano y se las pegué contra la cama, por encima de su cabeza.


—Suéltame… te lo suplico… —dijo entre lágrimas—. Yo también sufrí… yo también…


—No. Tú disfrutaste. Te adaptaste. Te acostaste con Sharon. Usaste mi cuerpo como si fuera tuyo. (aunque yo tambien disfrute este cuerpo con Hannah pero porque me estaba resignando)


Laura notó mi silencio y trató de aprovecharlo.


—Si me dejas así… vas a destruirlo todo…


La miré fijamente. Sin decir nada, empecé a mover las caderas de nuevo. Lento al principio. Ella soltó un gemido de protesta mezclado con placer involuntario.


—Cállate —le ordené—. Esta noche no decides nada. Esta noche solo sientes.


Aumenté el ritmo. Cada embestida era profunda y deliberada. Quería que sintiera exactamente lo que yo había sentido cuando ella me follaba contra la pared. Que entendiera la diferencia de fuerza. Que recordara quién mandaba ahora.


Laura cerró los ojos y apretó los dientes, pero su cuerpo respondía. Estaba mojada, y cada vez que empujaba, se escuchaba el sonido obsceno de mi verga entrando y saliendo de su coño lleno de semen.


—Mírame —le dije.


Ella abrió los ojos. Había rabia, miedo y algo más: la misma culpa que yo había sentido tantas noches.


—Vas a quedarte así. —continué—. No te voy a devolver nada. Vas a vivir lo que yo viví, bueno lo que siempre has vivido además. Y mientras tanto… yo voy a recuperar mi vida.


Saqué la verga de golpe. Ella soltó un gemido ahogado. Me levanté de la cama, todavía semierecto, y la miré tirada ahí: desnuda, llena de mi semen, con el maquillaje corrido y el cabello revuelto.


—Límpiate —le dije con voz fría. 


Mientras limpiaba mi cuerpo desnudo con una toalla, escuché su voz débil desde la cama:


—¿Y ahora qué va a ser de mi, no quiero tener que vivir de nuevo lo que viví…?


Me detuve un segundo. No me giré.


—Eso… todavía no lo sé.


Salí de la habitación y cerré la puerta detrás de mí. En el pasillo me apoyé contra la pared y respiré hondo. El olor a sexo, el peso de mi cuerpo de vuelta, la adrenalina… todo se mezclaba.


Había recuperado mi cuerpo.


Pero el problema de verdad apenas empezaba.


De pronto la puerta se abrió de golpe. Laura salió corriendo, completamente desnuda, con el semen todavía resbalándole por los muslos. Antes de que pudiera reaccionar, se lanzó sobre mí y me agarró de la camisa.


—¡El beso! —gritó desesperada—. ¡Si te beso vuelvo a mi cuerpo! ¡Tiene que funcionar!


Me empujó contra la pared y me besó con furia. No fue un beso suave. Fue salvaje, hambriento. Me mordió el labio inferior con fuerza, lo suficiente para sacarme un poco de sangre. El sabor metálico se mezcló con el de su boca mientras ella apretaba su cuerpo desnudo contra el mío, frotándose, intentando desesperada que el intercambio se revirtiera.


Pero no pasó nada.


La aparté de un empujón, más fuerte de lo necesario. Ella tropezó hacia atrás y se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada y un hilo de mi sangre en el labio.


—No funciona… —susurró, con la voz rota—. ¿Por qué no funciona…?


Me limpié la sangre del labio con el dorso de la mano y la miré con frialdad.


—Porque cuando me follaste y cambió, se volvió irreversible —contesté—. Ese beso ya no sirve de nada.


Laura se quedó temblando en el pasillo, desnuda, humillada y atrapada de nuevo en el cuerpo que tanto había odiado.


Yo me di la vuelta y seguí caminando confiado en que ahora que soy hombre y no hay forma de que me roben al cuerpo ya no es una amenaza Laura.

 

Apenas había dado dos pasos cuando escuché el ruido de pies descalzos corriendo detrás de mí. Laura se lanzó otra vez, esta vez mucho más agresiva. Me agarró del brazo con fuerza, me giró y trató de besarme de nuevo, empujándome con todo el cuerpo desnudo. Sus uñas se clavaron en mi camisa mientras intentaba subirse a mí, mordiendo, forcejeando, desesperada.

—¡Otra vez! ¡Tiene que funcionar! —gritó, casi histérica.

La empujé con ambas manos para apartarla. El impulso fue demasiado fuerte. Resbalé con el suelo todavía húmedo del baño cercano y caí hacia atrás. Laura, que seguía aferrada a mí, vino encima. Los dos rodamos de forma torpe y violenta hasta que chocamos contra el marco de la puerta de la habitación y terminamos cayendo de nuevo sobre la cama.

El impacto fue duro.

En ese instante, una oleada de mareo me golpeó. No era solo el golpe. Era algo más profundo… como si el cuerpo todavía estuviera procesando el intercambio, absorbiendo la energía residual del cambio de cuerpo. La visión se me nubló. Sentí el peso de Laura encima de mí, su pecho contra el mío, su respiración agitada en mi cuello.

Intenté moverme, pero las fuerzas me abandonaron de golpe.

Laura también se quedó inmóvil.

En cuestión de segundos, los dos perdimos el conocimiento.

Cuando el silencio llenó la habitación, quedamos tendidos uno sobre el otro en la cama: yo de espaldas, ella encima, ambos desnudos, con una pierna enredada entre las mías y la cabeza apoyada en mi pecho. Desde fuera, cualquiera habría pensado que éramos una pareja que se había quedado dormida después de hacer el amor.

Pero no lo éramos.

Solo dos cuerpos agotados por un intercambio que todavía no había terminado de cerrarse del todo.

Continuara...


Espero en los comentarios me indiquen ideas para la proxima entrega. Siempre los leo